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En 1938, en la famosa Casa Azul de Frida Kahlo, en Coyoacán, se da un encuentro capital entre dos líderes esenciales de la Modernidad: André Breton, e
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l pѐre noir del Surrealismo, la vanguardia artística más influyente del siglo XX y León Trotsky, el carismático líder, artífice –junto a Lenin– de la revolución de Octubre. Baste leer la gran crónica del evento, escrita por John Reed (Los diez días que estremecieron el mundo), para entender el enorme papel jugado por el jefe del Ejército Rojo en la toma del poder de los bolcheviques.
Pero 1917 ya estaba muy lejos. Con el ascenso de José Stalin y el abandono del programa inicial del Octubre Rojo, Trotsky ya había sido “borrado” de la Historia oficial rusa y era un perseguido político, un exiliado sin patria, un trotamundos en "un mundo sin visa”. El pintor Diego Rivera, simpatizante entonces de la Oposición de Izquierda, aprovecha su fama para obtener del presidente Lázaro Cárdenas el asilo y la visa mexicana para Trotsky.
En México, León Trotsky encuentra un país vivible, cálido, con un paisaje volcánico que lo cautiva. También un ambiente de libertad que ya no existía en la Rusia de Stalin, donde desde los montados Juicios de Moscú se le había condenado a muerte. En México Trotsky no sólo obtiene el asilo, sino también la oportunidad de defenderse de las intrigas de Stalin. En la Casa Azul, en 1937, se reúne la célebre Comisión Dewey, que reúne intelectuales y humanistas de la talla de Herbert Solow, Franz Boas, John McDonald, Dot Eisner y el propio John Dewey, quienes, después de días de deliberaciones, declaran, como conclusión de su voluminoso informe (Not Guilty), “No Culpable” a León Trotsky.
André Breton, por su parte, fue uno de los pocos intelectuales europeos que condenaron los “montajes” de los sonoros Juicios de Moscú. En realidad, una “purga” de los viejos bolcheviques de la generación de Lenin. En el campo literario, André Breton, arduo defensor de la Libertad del Arte, advertía de la devaluación estética que significaba el “arte de Estado”, la poesía “de circunstancia” o la novela del “realismo socialista”.
En su Visita a Trotsky, André Breton hace el retrato más vívido (y poético) de León Trotsky en México. Sus anécdotas, sus viajes por Pátzcuaro y Cholula, su ascensión juntos al Popocatépetl, su admiración por Zapata y los rudos generales sin más escuela que la vida, las lecciones de floricultura tropical que recibía de Natalia… representan las escenas más vívidas que nos hacen percibir a Trotsky no como un hombre-historia, sino como un sensible hombre pleno de vividura.
El encuentro de André Breton y León Trotsky representa esa comunión subterránea, esos “vasos comunicantes” que puede haber entre un revolucionario y un poeta (acaso un mismo ser en dos esferas no separadas del todo o, en todo caso, complementarias). La redacción al alimón del manifiesto Por un Arte Revolucionario Independiente es el resultado intelectual de ese encuentro de dos extraordinarios intelectuales que cambiaron la geografía política y artística del siglo XX, cuyos contornos aún proyectan sus luminosos trazos hasta nuestros días. RE.
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