KIAN. HAVENSHAW
Description
En el año de Nuestro Señor de 1648, la Ciudad de México era un imposible hecho de piedra y fe. Sobre las ruinas de un imperio ahogado en sangre, se ha
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bía levantado la capital más opulenta del Nuevo Mundo, un cofre del tesoro para la corona de España. Sus calles eran ríos de plata que fluían desde las minas de Zacatecas, sus mercados un torbellino de sedas de China, especias de Oriente y el cacao amargo de la tierra. En sus palacios vivían hombres cuyo poder se medía en hectáreas y en almas; en sus conventos, mujeres que susurraban oraciones tras celosías que las separaban de un mundo que sus dotes ayudaban a construir.
Pero bajo el brillo del oro y el sol implacable, la ciudad sufría de una fiebre secreta. Una dolencia que no se manifestaba en el cuerpo, sino en el alma. Era el miedo. El miedo al poder invisible y omnisciente del Santo Oficio de la Inquisición.
El Santo Oficio no era solo un palacio de muros sombríos frente a la plaza de Santo Domingo. Era una idea, una certeza susurrada en cada confesionario, una mirada de reojo en cada reunión social. Era la conciencia de que cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier amistad o negocio, podía ser examinado a través del cristal deformante de la herejía. Era la convicción de que los muros tenían oídos, que los sirvientes podían ser testigos y que la envidia de un vecino podía convertirse en una denuncia anónima capaz de borrar a un hombre de la faz de la tierra.
En este mundo de luz deslumbrante y sombras profundas, donde la ambición vestía los hábitos de la piedad y el amor era a menudo el más peligroso de los pecados, un hombre aprendería que la fortuna es tan volátil como el viento. Y una mujer descubriría que la única jaula verdadera es la que uno se niega a abrir. Su historia, como tantas otras, estuvo a punto de ser devorada por el silencio.
Esta es la crónica de cómo se atrevieron a hacer ruido.
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