MIGUEL. MILLAN
Description
Mumbai, la ciudad más rica y más pobre de la India al mismo tiempo, respira en un pulso desigual. Entre rascacielos de cristal y hoteles de lujo se ex
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tiende un océano de techos de hojalata, pasillos de barro y paredes improvisadas con lonas azules: los bastis, los barrios marginales donde millones de personas viven amontonadas en menos espacio del que ocuparía una sola manzana de cualquier ciudad occidental.
Aquí, una familia puede pasar generaciones sin conocer otra cosa que un cuarto sin ventanas, compartiendo un baño para cientos de vecinos, luchando día tras día para sobrevivir con los salarios más bajos del país. La falta de oportunidades, la precariedad extrema y la incertidumbre permanente se han convertido en la rutina silenciosa de millones.
En estos barrios, el futuro es un lujo. Muchos hombres sobreviven con empleos informales: cargadores en el puerto, limpiadores, mecánicos improvisados, vendedores ambulantes perseguidos por la policía. Las mujeres, cuando pueden, trabajan en casas ajenas desde el amanecer hasta la noche por un puñado de rupias. Y los niños, aun cuando van a la escuela, crecen sabiendo que el ascensor social rara vez se detiene en su planta.
En este contexto, miles de familias recurren a la única opción que les permite comer sin endeudarse: migrar temporalmente hacia el norte, a las montañas, para trabajar en las obras viales del Himalaya. La paga es mínima: el equivalente a tres o cuatro dólares al día, a veces menos, dependiendo del contratista, la temporada o la corrupción local. A cambio de ese salario, deben enfrentarse a jornadas de doce horas, alturas extremas, falta de oxígeno y un clima que no perdona.
La construcción y reparación de la carretera del Himalaya, que conecta regiones remotas como Ladakh y Zanskar, exige mano de obra barata. Y esa mano de obra son ellos: hombres y mujeres que nunca han visto la nieve antes, que no saben leer mapas, pero aceptan el trabajo porque la alternativa es el hambre. Viajan miles de kilómetros en autobuses abarrotados, llevando a cuestas a sus hijos pequeños, porque dejarlos atrás sería imposible.
Las familias viven en campamentos precarios levantados junto a la carretera. Tiendas de lona que resisten como pueden el viento helado. Fogatas improvisadas para calentar agua. Niños que juegan entre grava, máquinas rugiendo y barrancos profundos. Cada invierno, cuando los pasos se cierran y las tormentas regresan, varios trabajadores mueren: por hipotermia, por derrumbes, por accidentes que nunca aparecen en ningún informe oficial.
Sin embargo, año tras año, regresan. No porque quieran, sino porque no tienen elección. La miseria de las grandes ciudades empuja; la pobreza de las montañas apenas compensa. Y entre ambos mundos, miles de familias quedan suspendidas, atrapadas entre lo insoportable y lo imprescindible.
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